
A la memoria de Oscar
José Del Pozo
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Oscar
Al igual que en mi caso, Oscar provenía de una ciudad de provincia, de Curicó, y había venido a Santiago a vivir y a estudiar historia en el Pedagógico. Y eso era otro aspecto de la magia del lugar, el hecho que él, yo y muchos otros teníamos la posibilidad de alojar en los edificios destinados a acoger a los estudiantes de provincia, enorme privilegio que nos permitía vivir las 24 horas del día en función de nuestros estudios, en un ambiente propicio al diálogo y al intercambio de ideas. En aquella época no fuimos amigos, tal vez porque estábamos en distintos cursos, y cada cual tendía a reunirse más con sus compañeros de curso, pero nos cruzábamos a menudo en los jardines, en las salas de clase, entrando y saliendo de los edificios donde vivíamos, y compartíamos experiencias comunes. Alguna vez lo escuché en medio de un grupo, comentando noticias de la actualidad política de esos años marcados por el impacto de la revolución cubana, de las esperanzas de ver llegar al poder a Allende y la izquierda en Chile, anhelos compartidos por la gran mayoría de los estudiantes de historia de esa generación. Participé junto a él en las distintas actividades sociales entre los residentes de ese mundillo que era el “pensionado”. Años más tarde, cuando empezábamos nuestras primeras experiencias profesionales, nos volvimos a encontrar, dándonos datos para encontrar trabajo, para iniciar el ciclo de ganarnos la vida y formar una familia. Tanto Oscar como yo nos casamos con estudiantes que habíamos conocido en el Pedagógico, que compartían nuestras ideas y anhelos. Pasó el tiempo y lo perdí de vista. Vino el golpe y la gran dispersión. Supe que varios de mis ex compañeros de estudios habían partido, tal como yo, a otras latitudes, a Europa o a Latinoamérica. Y un helado día domingo de enero o febrero de 1976, en una reunión de chilenos en Montreal, realizada con ocasión de la visita de Orlando Letelier a esta ciudad, nos encontramos de nuevo. Oscar había llegado, tal como Miriam y yo, a vivir a esta ciudad a causa del golpe, con Leonor, su esposa, y sus tres hijos. Fue una gran alegría encontrarse de nuevo, poder comenzar a verse con alguien con quien teníamos tanto en común. Y tal como después de salir del Pedagógico, esta vez comenzamos a compartir las experiencias comunes de todos los inmigrantes, voluntarios o forzosos: la búsqueda de trabajo, el aprendizaje del idioma, la formación de una red de amistades, tan importantes para rehacer nuestras vidas después del cataclismo que nos había empujado fuera de Chile. Tal como muchos otros, fue poco a poco insertándose en su actividad profesional, hasta lograr ser orientador en dos escuelas de la Comisión escolar de Montreal, especialidad que había estudiado en Chile después de haberse titulado de profesor de Historia y Geografía. Fue en todos esos años, 1970, 1980, 1990, cuando lo conocí de mucho más cerca. Nos visitábamos a menudo, y las conversaciones eran largas. Teníamos tanto que compartir sobre la situación política en Chile, en Quebec, el desarrollo de nuestros hijos, el cine, los libros… Poco a poco, ir a ver a Oscar y a Leonor fue para mí una de las actividades importantes de mi vida social. Su compañía me permitía revivir y mantener nuestra identidad, la de chilenos que vivíamos en Quebec, que sin menospreciar lo que nos daba este nuevo país no podíamos dejar atrás lo que habíamos vivido tan intensamente en Chile. Siempre valoré en Oscar su capacidad de emitir juicios controlados, de defender una idea sin caer en argumentos basados puramente en los sentimientos. Esto se reflejó también en su participación en la directiva de la Asociación de Profesionales, Técnicos y Artistas Chilenos de Quebec en la que trabajamos juntos varios años, ya que siempre hizo aportes positivos para la organización de eventos y para la planificación de las actividades. También me agradaba mucho compartir con él opiniones sobre distintos autores, y a menudo intercambiábamos libros, que Leonor nos devolvía cuidadosamente forrados. Y ambos eran, junto a Miriam, las personas con las que yo me sentía contento de poder compartir mis experiencias profesionales en la Universidad de Quebec en Montreal (UQAM), ya que me aportaban ideas y comentarios para mi trabajo, incluso entregándome generosamente sus testimonios para mi último libro, que Oscar no alcanzó a ver publicado, pero donde él está presente. Su condición de padre era también algo muy importante para él, y era emocionante ver hasta qué punto se preocupaba de sus hijos y de su nieta, contándonos diversos aspectos de sus actividades. Todo eso nos unía, y así, Oscar y Leonor se transformaron en parte de nuestra familia, con quienes compartíamos cumpleaños y visitas, ocasiones en que Oscar siempre se hacía notar por su humor y alegría. Fuimos invitados al matrimonio de sus hijos, con quienes también nos sentíamos muy cercanos. Nos reuníamos con amigos comunes, varios de ellos de la Ribera Sur, que tal como yo, han lamentado profundamente su desaparición. Y habíamos sentido profundamente el fallecimiento de uno de esos amigos comunes, Enrique Sandoval, ocurrido en Chile el año pasado. Estuvimos también cerca de Oscar durante todos los años en empezó a hacerse sentir la enfermedad que finalmente terminó con su vida. Supimos de sus momentos dolorosos, de su combate por enfrentar el mal que lo atacaba, de sus esperanzas en los momentos en que parecía haberse recuperado, de su alegría cuando pudo viajar a Chile en lo que a la postre sería su último viaje al país que tanto quería. Querido Oscar, compañero de juventud, de emigración, colega
y amigo, siempre te recordaremos.
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