Diplomáticos sin querer queriendo.

Daniela Segura*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Diplomáticos


Diecisiete años han pasado desde que escribí “Soy chilena”… sigo siendo chilena, aunque ya no la misma, no la misma ‘chilena’. Para cualquiera es difícil resumir diez años de vida, con mayor razón para quien migra. ¿Cómo empezar? ¿en francés o en castellano? Optaré por el segundo aunque no sabría explicar por qué. Estuve en Chile entre 1993 y el 2003 o si prefieren de los 18 a los 28 años, tiempo suficiente para aclarar ciertos puntos. A mi llegada, me encontré con un Chile ávido de superar cada trimestre sus cifras socio-económicas y así cuidar ese título de ‘jaguar de Latinoamérica’, basado solo en cifras parece, en mi humilde opinión. De manera notable aunque menos urgente se observaba en los años 1990 una apertura sobre temas hasta entonces tabúes, relacionados con golpe militar y el poder eclesiástico (recordemos que la ley sobre el divorcio fue promulgada en Chile en el 2004 y que el aborto sigue siendo ilegal). Tuvimos debates interesantes con los que hasta hace poco yo conocía como ‘momios’. Nunca olvidaré cuando en una visita a Chile (en 1985), mi abuelo comentó sobre un personaje que salía en el noticiero: - ¡Ese sí que es momio! Y yo de voltearme rápidamente para por fin ver qué aspecto tenía un “momio”: - ¡Pero abuelito! ¿Un momio, es una persona?

Pues si, quien sabe qué monstruos imaginarios había estado alimentando en mi cabeza ya que en Montreal, no existían los ‘momios’ de verdad, lo único que sabía era que había que saltar para no ser como ellos. Puedo afirmar hoy que fue un encuentro cercano bien interesante con algunos de sus representantes; esos debates no los tenía en Montreal y me alegré al ver que lo que mis padres no pudieron discutir abiertamente en 1973, yo sí lo podía; cuando las heridas son recientes es mejor no tocarlas. Fue grato constatar que la tenacidad de tantos no había sido en vano. Otro fenómeno social que llamó mi atención fue la llegada de extranjeros a Santiago, ya no sólo uno que otro ‘gringo’ siempre bien recibido, sino que también arribaban muchos latinoamericanos buscando una mejor vida; dinámica novedosa en el país como consecuencia de su estabilidad política y económica. Pero para mi desconcierto me tocó escuchar comentarios del tipo “Y éstos que nos vienen a quitar trabajo”. ¡Qué desilusión! Así fue que paulatinamente empecé a observar la sociedad chilena desde otro ángulo y encontrarla parecida a otras.

Debo precisar que el 8 de mayo del 2001 egresé como psicóloga de la Universidad Católica de Chile, con dos menciones, mucho esfuerzo y el incondicional apoyo de mi familia. Estudiar psicología fomenta la observación y la capacidad de escuchar, comencé entonces a analizar con mayor detención el tema de la identidad en hijos de migrantes. Está claro que había idealizado a Chile y que eso, en parte, tenía que ver con la emigración de mis padres y las dificultades que vivieron; pero también influyeron algunas experiencias de mi adolescencia de las que quise escapar. Ahora entiendo que en mi caso estar en Chile era necesario para asumir mi doble nacionalidad, aceptarla y sentirme finalmente privilegiada. Con el tiempo logré conciliar esas dicotomías inherentes a esta doble vida. Varias anécdotas reflejan ese lento proceso, por falta de espacio sólo me referiré a dos que me parecen claves.

En el primer trámite que hice en Chile, la secretaria me pidió naturalmente mi nombre y yo naturalmente le contesté en español (y al hilo): Daniela Segura, Ese-e-ge-u-ere-a. ¡Si hubiesen visto su expresión! Dándole las explicaciones se convenció que no le estaba tomando el pelo y yo me alivié también de no tener que deletrear más mi apellido. La segunda anécdota ocurre durante una clase, hice una acotación sobre los jóvenes cuando “envejecen” y algunos compañeros se rieron. No me percaté hasta que Jorge Gissi – un profesor a quien le debo intervenciones precisas y reparadoras sobre mi sentido de identidad – explicó que en francés “envejecer” no tiene el mismo sentido que en español y que el uso que se le da en francés es mas preciso. Ahí me angustié un poco, me di cuenta que no podría librarme del constante vaivén entre dos lenguas. Se pudiera pensar que es fácil, pero a ratos es agotador. Estas reflexiones y constataciones comenzaron durante el segundo año, cuando ya lo novedoso deja de serlo y la realidad se vuelve más real (valga la redundancia). Compartí mi malestar con este profesor y su respuesta fue de lo más constructiva: cometía errores en ambos idiomas sólo porque hablaba tanto el uno como el otro. ¿Por qué nunca se me había ocurrido? Poco a poco comencé a quitarme el peso que sentía al tratar de contestar la pregunta: ¿de dónde soy? Pregunta que se hacen varios “hijos de migrantes” al tener que socializar entre dos culturas: la interna (la casa o el país de origen) y la externa (la calle o el país de acogida). Posteriormente durante mi colaboración con un equipo de etnopsiquiatría en Montreal, aprendí que este fenómeno lleva un nombre en la clínica del inmigrante: “Clivage culturel” postulado por un gran teórico del tema, Tobie Nathan. Comprendí que prácticamente a todos nos toca una doble tarea, la de dejar de idealizar a nuestros padres, aceptarlos y amarlos como son; y paralelamente dejar de idealizar o negar nuestros orígenes. Una vez esta tarea cumplida, quedamos frente a la evidencia que nuestras raíces están en dos macetas. Lo comparo a esa cruel pregunta que se solía hacer a los niños: ¿A quién prefieres? ¿A tu papá o a tu mamá? Como si se pudiera contestar permaneciendo leal a los dos, imposible. ¿Cómo contestar si preferimos Chile o Canadá? Para mí la mejor opción fue aceptar y amar a ambos con sus defectos y virtudes, pudiendo sacar el máximo provecho de cada uno, para poder contar con un abanico de valores y comportamientos más amplio. A pesar de todo me tocó la ingrata tarea de optar dónde vivir, lo que comparo esta vez al hijo que vive la separación de sus padres y entiende que no puede vivir con ambos a la vez. Inevitablemente se hace un duelo para lograr alternar entre las dos y de ahí intentar reconciliarlas en actividades deportivas, artísticas, culturales o sociales.

Después de 5 años en Chile me crucé con el que hoy es mi esposo, él era un “cubano inmigrante en Chile” y hoy es un ‘cubano inmigrante en Canadá’. No es coincidencia, me atrajo la idea de no verme en la disyuntiva de tener que elegir entre quedarme definitivamente en Chile o regresar sola si no lograba convencerlo que viviera en Montreal. Para él lo más difícil ya estaba hecho, dejar su país.

Hay aspectos de Chile muy agradables como el clima, su geografía, la gente y sus costumbres pero lamentablemente persiste la desigualdad social y me sentí impotente frente a ella. Por otro lado, cuando nació nuestra hija las prioridades cambiaron, no lográbamos entregarle todas las oportunidades que deseábamos y eso antes que llegara nuestro segundo hijo. Yo ya no era la misma, añoraba la diversidad étnica y cultural que se encuentra por acá, al alejarme la aprecié en su justa medida. Decidimos entonces armar maletas y venirnos. Según el gobierno de Canadá, yo me venía con la niña y mi esposo llegaría en seis meses aproximadamente, era el plazo para una reunificación familiar. Esos seis meses fueron en realidad veintitrés Cuántas dificultades nos esperaban una vez más, pero las experiencias no pasan en vano y no me arrepiento de nada. Todo esto me ha llevado a admirar aún más a mis padres y a reconciliarme con nuestra historia.

Cuando leo testimonios de chilenos que intentaron regresar a Chile pero que “fallaron”, me verán fruncir el ceño. ¿Por qué verlo como un fracaso? Más que fracaso es un intento, nadie puede predecir qué pasa después de subir al avión. Yo no me fui para toda la vida sino que convencida que en ese momento quería intentarlo. Y hoy si bien extraño a Chile y me entusiasmo con las cuecas del dieciocho, el aroma del champú Simond’s o un programa en la señal de TV Chile, me siento tranquila y feliz en Montreal. Una ciudad con un potencial inmenso en sus ciudadanos que visten dos culturas o más. Quiero precisar que mi felicidad pasa por lo cosmopolita y la diversificación socio-cultural, no podría serlo en un pueblo del Quebec profundo.

Para finalizar, me parece que no queda otra alternativa que aprovechar estas experiencias de migrantes de segunda generación’ que sin duda llevan a una mejor comprensión del “otro”. La tolerancia en estos casos no es una cualidad innata sino un lento aprendizaje sobre la cual podemos construir incluyendo semejanzas y diferencias. Aprendemos que las fronteras al fin y al cabo son artificiales y que es posible convivir alimentando un diálogo enriquecedor. Estas identidades reinventadas se vuelven una herramienta inestimable para las sociedades del futuro; sin falsas pretensiones creo que por fortuna nos hacemos buenos diplomáticos en nuestras propias tierras (allá y acá).

*La autora del texto es psicóloga egresada de la Universidad Católica de Chile

 

 

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