
Los héroes de mi infancia
Miguel Retamal*
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héroes Hace mucho tiempo que tenía deseos de escribir algo en Alamedas. ¿ Pero escribir sobre el bicentenario ? No sé. Cuando leí las premisas, me dije que esperaría otra oportunidad, puesto que por más que le di vueltas al asunto tratando de encontrar un punto de vista interesante, no lo encontraba. No lo encontraba porque yo partía de la premisa que el bicentenario era un motivo para sentirse orgulloso de ser chileno. Porque suponía que todos los chilenos debiéramos vibrar de emoción recordando este hecho histórico que marca el comienzo de la chilenidad. Que sin la independencia, lograda por los hijos de españoles (que no estaban contentos con el trato que les daba el reino de España), no podríamos sentirnos tan orgullosos de ser lo que somos, nosotros los chilenos, o sea, únicos. ¿Únicos? No lo creo. No sé si es porque llevo treinta y cinco años viviendo en Quebec (país o provincia, qué importa) que tan bien me ha tratado y que me ha dado las posibilidades de realizarme como ser humano o por el echo de haber conocido y frecuentado gente latina que piensa, siente y actúa como chileno, o sea, como yo. Lo mismo podría decir de algunos quebequenses, como Michel Beaubien o Jacques Couture por ejemplo. La cosa es que festejar el bicentenario me deja un poco indiferente en el tema orgullo. Pero eso no quiere decir que reniegue de mi condición de chileno, porque pese a los 35 años que llevo viviendo en Quebec sigo asumiendo con un cierto orgullo que soy chileno, incluso he sentido lástima de algunos chilenos que han dicho públicamente que son quebequenses, pero de origen chileno. Lo encuentro ridículo. A pesar de que Chile no me trata como chileno, puesto que ni siquiera me reconoce el derecho a voto, a pesar de ver la manera vergonzosa que trata Chile al pueblo mapuche, a pesar de todos los pesares, nunca renegaré de mi origen. Nací chileno y moriré chileno. Digo, un cierto orgullo, porque no creo que sea eso precisamente, porque nadie elige adonde va a nacer. Para sentirse orgulloso creo que debe haber algo más. Como no hice el servicio militar, los símbolos patrios, como la canción nacional, el escudo patrio o la bandera, me dejan un poco frío y no interpelan mi chilenidad, porque me hace pensar en los militares, en el golpe. Por supuesto que tampoco me llena de orgullo decir que soy chileno cuando pienso en aquellos chilenos con o sin uniforme, que estuvieron detrás de las atrocidades que cambiaron el rumbo y el sentido de mi existencia para siempre. Pensándolo bien, sí me siento orgulloso de ser chileno cuando pienso que soy compatriota de Salvador Allende, de Pablo Neruda, de Gabriela Mistral, de Violeta Parra, del padre Hurtado, del padre Vicente, que dedicó su vida a cuidar y a ayudar a la gente pobre del barrio en que me crié, de Víctor Jara, que fuera vecino de ese mismo barrio donde jugaba al fútbol por el equipo Los cóndores de Chile, de Don René Riveros, el profesor más honesto y generoso que he conocido, de Daniel Bustos Vásquez y de tantos otros chilenos que me ayudaron a creer que el futuro puede ser justo para todos, incluyendo los pobres. Esas personas marcaron mi vida, mi persona, mi conciencia social, forjaron mis valores humanos, aquellas personas que alguna vez crucé en mi camino o con quien compartí su suerte. Ahí ya estamos hablando de orgullo. Cuando fui al lanzamiento del libro de José del Pozo, que dicho sea de paso, hizo un trabajo de investigación extraordinario, tomé conciencia que es importante preservar la memoria colectiva, que hay nombres de personas que no deben desaparecer ni desvanecerse con el pasar del tiempo. Esa noche y las siguientes, se han instalado en mi mente como una obsesión, ellos, los héroes de mi infancia. Los que fundaron mi barrio. En 1947, la segunda guerra había terminado y la paz había más o menos vuelto en todo el mundo. Pero en Pisagua estaban aún relegados todos los dirigentes sindicales, en su mayoría comunistas, a los que Gabriel González Videla había traicionado. La iglesia católica no intercedía y aparentemente, por iniciativa personal, el Padre Alberto Hurtado viajó a Europa para que la opinión pública internacional hiciera presión por la libertad de los detenidos en Pisagua, comparándola con los campos de concentración nazis. El mismo Padre Hurtado, además del padre Garrido, fueron los que intercedieron ante las autoridades para que cedieran un pequeño terreno del fundo San José de Chuchunco, para que pudieran darle a cada familia, un sitio donde pudieran levantar una casita.
La población Los Nogales fue fundada el 8 de enero de 1948. La primera calle lleva esa fecha como nombre. La segunda calle, paralela a la primera, fue llamada Capitán Gálvez. Estas eran atravesadas por Galvarino, Temuco, Toro Mazote, Fresia y Santa Teresa. Yo vivía en la calle Fresia 1587. O sea, a 15 cuadras al sur de la estación de metro Pila del Ganso, en Santiago (General Velásquez y Alameda) Al mando de un capitán de apellido Gálvez, ese día 8 de enero de 1948 desembarcó una flota de camiones, que supongo eran del ejército, con las familias completas. A cada familia se le asignó un terreno de 10 metros por 20. Todo estaba plantado con maravillas. Así, de la noche a la mañana, en esos campos sembrados de maravilla se convirtieron en vecinos gentes que venían de diferentes regiones de Chile, incluyendo varias familias mapuches. Como no había tiempo para presentaciones, antes del medio día ya se habían organizado varios comités, responsables de las diferentes necesidades y urgencias de todos. La principal tarea del primer día fue arrancar las maravillas con sus enormes raíces y aplanar los surcos para poder instalar una pieza de madera donde pudieran hacer dormir los niños. Se organizaron grupos de diez o veinte vecinos y todos limpiaban un sitio a la vez. Lo mismo sucedió cuando levantaron sus cabañas improvisadas. Así, de la nada surgió una comunidad generosa, estoica y solidaria. Eran algo más de 80 familias las que llegaron el primer día. A fines del año 1948, ya habían casi 500 y la población siguió creciendo de manera exponencial con los años. En la esquina de la calle Arzobispo Subercaseaux y Fernado Yungue, donde se terminaba la ciudad de Santiago, había una llave (el pilón) de agua, que abastecía toda la comunidad. Los hombres se levantaban cada día a las 3 o 4 de la mañana y antes de ir a trabajar, hacían la cola para llenar sus baldes con agua para sus respectivas familias. Un par de años después, se instaló una segunda llave en la esquina de 8 de enero con Santa Teresa. Tres o cuatro años más tarde, se formó un comité para realizar la instalación de una cañería común que permitiera instalar una llave en el fondo de cada sitio. Cada vecino compraba 11 metros de cañería galvanizada, dos codos y una llave. Los fines de semana eran como una fiesta, siempre había mucha gente que iba de un sitio al otro, solucionando problemas. Mis primeros recuerdos están poblados de esa gente. De la familia Bronte, La señora Margarita, con sus dos maridos, venían todos del norte, habían estado los dos presos pero nadie sabía la verdadera historia y a nadie le importaba, de la familia Ibacache, don Juan había sido uno de los primeros arqueros del Colo-Colo, de la señora Ester Carmona, la peluquera, que era tan bella que todos los hombres estaban enamorados de ella, de la señora Yolanda y su marido, de su hija Quena y de Alberto, su joven marido, que fue asesinado en La Moneda el día del golpe. De Nelson Flores, mi amigo de infancia, dirigente poblacional que fue acribillado por los carabineros delante de su familia. De la familia Suazo, del señor Barraza. En ese tiempo no me daba cuenta, por mi edad y porque no tenía otra referencia, pero existía un gran respeto entre las personas. Nadie se tuteaba. Nunca vi o asistí a una pelea entre vecinos. Los más cercanos a mi familia eran Don Natalio Aguirre y su esposa, la señora Hilda Ramírez. Él y su cuñado Raúl eran electricistas. Don Natalio era un nortino rubio, de ojos azules y hablaba como un profesor. Siempre hablaba de política, de justicia social y del gran amor que sentía por su negra. Ellos y el señor Bustamante, que también era electricista, crearon un comité que hizo la instalación de una entrada eléctrica en cada casa. Había un medidor de electricidad para toda la cuadra. Cada familia pagaba religiosamente su parte, pero había un fondo para los casos en que alguien no pudiera hacerlo. Uno de los dirigentes más activos era don Pedro Quintana, también su esposa, la señora Lidia Azócar, los abuelos de Carmen Gloria Quintana, cuyos padres eran mis vecinos de enfrente. Mirando una vieja foto de un equipo de futbol del barrio, vi a Víctor Jara, vestido de futbolista, cuando él aún no tenía 20 años. Cuando lo encontré, el año 72, yo participaba en el grupo de teatro del sindicato del hospital San Juan de Dios y él era profesor en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. El grupo participaba en talleres de formación ofrecidos gratuitamente por el cuerpo profesoral a los líderes de grupos de teatro popular. Cuando yo le hablé de mi barrio, Víctor Jara me hizo notar que habíamos sido vecinos y me preguntó por mucha gente que recordaba y que por supuesto yo conocía muy bien, entre ellos los que he nombrado. Desde el comienzo, la población los Nogales tuvo mala fama, porque era un nido de comunistas. Después, llegó de todo, y siguió teniendo mala fama, pero por otras razones, pero para mí siempre será una historia increíble de humanidad, de lucha social y de solidaridad. Mis padres criaron allí ocho de sus diez hijos, pese a la numerosa familia y los escasos recursos, siempre hubo comida en nuestra mesa y lugar para algunos de nuestros amigos del vecindario. Pero no éramos un caso único. Habían varias familias en mi calle que siempre tenían servido un plato extra. La frase favorita de mi madre era : “mientras hay alguien a quien podamos ayudar, no seremos pobres”. Mis hermanas y hermanos siguieron el ejemplo y yo he tratado toda mi vida de imitarlos y honrarlos. Por eso, en este bicentenario, rindo homenaje a todos aquellas personas gracias a las cuales tengo un verdadero motivo para sentirme orgulloso de ser chileno y sobre todo, hijo de la población Los Nogales.
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