Vamos mujer
Julia Figueroa Jiménez *

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Vamos mujer

El invierno de 1983 fue más crudo que otros. A lo largo del país, la resistencia se organizaba y hacía, apurada y sigilosa. Más tarde me enteraría que vivía en un país donde la hospitalidad, la buena mesa y la familia unida convivían con los más bajos instintos humanos organizados en masa. Mi mamá y sus compañeros de célula pasaron todos por la CNI, algunos con más o menos suerte, si se puede decir algo así. Sí, sufro por eso. Pero prefiero celebrar la fuerza que nos brota y que nos permite sobrevivir como especie.

A menudo hablamos de gente conocida, de heroínas a imitar, de personajes emblemáticos.
Olvidamos muchas veces que tenemos tan cerca personas que en el anonimato más insípido han dado buen ejemplo de lo que cuando grandes nos parece ideal.
Esta es una mujer, maestra rural, madre de varios hijos. Esta es una mujer soñadora, de esas que creen que pueden cambiar las cosas.
En el barrio, es la maestra. La que le enseña a todos los niños de la cuadra. La que cambia pañales al chico de la vecina que tiene una cita importante. La que en fines de semana camina kilómetros para visitar a sus alumnos y familias. A ver si todo va bien, si los alumnos comen: ¿se mejoró el Luchito? A ver si no hay un problema de incesto. ¿Por qué Isabel no ha ido a la escuela?
En el barrio, es la señorita Carmen, título prestigioso.
En la familia su prestigio no es tanto: separada, varios hijos; peor, se mete en cosas que están prohibidas.

Es porfiada y no escucha. Dice “lo hago por mis hijos, para que haya justicia, para que el futuro sea mejor”.
Ha, ideas, comunacha…
Es buena moza la Carmen y tiene buena figura y es muy dije. Su problema es que se dedica a actividades no muy claras.
Los vecinos sospechan, los rumores comienzan. Un avivado dice haber visto un arma en su casa, la señorita Carmen se convierte en la “profe comunista”, el prestigio se destiñe.
Sale mucho de noche, secreta. ¿Adónde va y con quién? Todo tipo de confabulaciones se difunden en su contra. ¿Tiene amantes? ¿Le gustan las fiestas?
Ella no escucha, está muy ocupada, cree que puede cambiar las cosas.
Una noche ante la mirada aterrorizada de los más pequeños, su hogar es vejado: sus libros esparramados, los muebles tirados, los colchones abiertos, su dignidad de maestra a la mierda, en fin, lo de siempre en estos casos.
Cuesta reponerse cuando una mujer debe defenderse para existir. Cuesta además cuando los compañeros quedan presos y otros se arrancan y otros ya no están para contarlo. Cuesta aceptar la intimidación a través de lo que uno más ama, los hijos. Cuesta partir dejando atrás la prole y todo.
Carmen llega al primer mundo, el generoso. Ese que toma cinco años en permitirle volver a estar con sus hijos. País solidario, dicen.
Carmen ya no es la misma y no importa. Ella para sus hijos será siempre la luchadora, la sufrida, la buena maestra trabajadora social, la madre defensora de sus cachorros. La que trabaja duro, para pagar los estudios de los mayores, sacrificándose, porque ella cree que puede cambiar las cosas.
Todas las demostraciones de reconocimiento son pequeñas para esa madre que se antepone a un orden más que establecido, en un momento menos que propicio, en un lugar de nunca olvidar.
Mamá, eres un ejemplo a seguir, eres la mujer nueva, la que no teme, la que no transa, la que inventa que todo irá bien, la que se ríe de la desgracia – no se crean que han ganado aquellos – la que canta cuando los ánimos están por el suelo. La que se atreve a rebelarse.
Tal vez, te idealizo. Cómo no hacerlo, después de conocerte

*julifj@hotmail.com

 


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